Nacida en Bucaramanga y profundamente
entrelazada con los paisajes y las heridas de Colombia, su obra fue un puente
entre el corazón del país y el mundo entero.
Beatriz no solo pintó imágenes: convocó
memorias. Transformó registros de la violencia y escenas de lo cotidiano en
pinturas y estampas que nos interpelan con ternura, lucidez y verdad. En su
gesto creativo se hacía visible aquello que la historia intentó ocultar; con
una paleta vibrante devolvió presencia a quienes el olvido quiso borrar.
Desde el color, la ironía y la sensibilidad,
convirtió el dolor colectivo en espacios de reflexión, duelo y humanidad. Nos
ayudó a comprender que el arte no es solo belleza, sino una forma de estar
juntos frente a la historia.
Su trabajo llevó a Colombia al mundo y, al
mismo tiempo, nos devolvió el país a nosotros mismos. Nos enseñó a mirar lo
popular, lo cotidiano y lo herido con otros ojos; a reconocer en las imágenes
una memoria que insiste en permanecer.
Hoy su partida deja un silencio profundo. Y
aun así, su obra sigue hablando: en los colores que resisten, en las formas que
recuerdan, en la certeza de que el arte puede ser un acto de amor.
Hoy decimos gracias, Beatriz:
por enseñarnos que el arte es memoria colectiva,
por mostrarnos que el color también puede ser consuelo,
y por legarnos una forma de ver el país y amarlo, incluso en sus sombras.
